Viaje en metro con una tetona
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Viaje en metro con la señora de las tetas grandes por Anonimo
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Subí en el último Metro del día.


Ella estaba sentada justo enfrente, esquivando mi mirada igual que yo la suya. Llevaba un bolso muy viejo y desgastado que mantenía en su regazo con las manos cruzadas. Al primer vistazo, pude apreciar que no era muy agraciada, así que me concentré en el vacío del otro lado de la ventana


El Metro se descargaba a cada parada, y la casualidad hizo que nos fuéramos quedando solos. Sentí una rara incomodidad por estar los dos uno enfrente del otro, con todo el resto del vagón vacío. Noté que ella también tenía esa sensación, pues empezaba a mirar al techo, y a cambiar ligeramente de postura, con el fin de evitar cruzarse con mis ojos. Como si fuéramos 2 vecinos que suben un ascensor que tiene 1000 plantas, el silencio eternizaba el tiempo entre cada parada.


Afortunadamente yo tenía la ventana y por esa ley no escrita de que si uno mira por la ventana el otro no puede, disfrutaba de ella en exclusiva.


Al otro lado de la ventana: sólo oscuridad. Aproveché el reflejo y me fijé en ella un poco más. Tendría unos 50 años, la cara sin maquillaje, arrugada, con signos de cansancio. El pelo moreno con un recogido hecho a toda prisa. Su peso (unos 100 kilos) y su baja estatura no favorecían nada su silueta, que asomaba unas mollitas por debajo de camiseta blanca "de publicidad", que le quedaba corta. Su camiseta estaba tan usada que le transparentaba un sencillo sujetador blanco, que apenas lograba contener unos tremendos pechos alargados y caídos. Llevaba una falda ocre, que llegaba por las rodillas, aunque con su postura sentada, estaba ligeramente más arriba.

En los pies, unos zapatos de esos "porosos" blancos, completaban el conjunto. Sospechaba que sería limpiadora o algo parecido y volvía a casa después de una jornada de semiesclavitud por la que ganaría una basura.


El Metro paró, y volvió arrancar. La oí suspirar profundamente, como de un cansancio agotador. Me enterneció profundamente, y me sentí tremendamente superficial por mi crítica mental a la pobre señora. Seguro que habría sufrido mucho. Ahora me caía bien. Decidí sonreírle en un momento de esos en que las miradas se cruzan inevitablemente. Ella apartó la suya rápidamente. Seguí observándola, extrañado por su reacción. Se humedeció los labios profusamente, mientras su tez enrojecía (¡Qué raro!). Lo dejé estar.


Otra parada, ella no bajaba. Deseaba que lo hiciera porque de repente la tenía ahí cruzada en mi mente. No podía evitar hacer pases con mis ojos hacia ella, buscando sus reacciones (¿Por qué había reaccionado así? ¿Por qué se había pasado la lengua por los labios??)


Un amigo psicólogo que conocí durante mi etapa universitaria me habló un día del lenguaje de los signos corporales. Entre otras cosas, comentaba que las personas realizamos gestos involuntarios e instintivos según lo que se nos pasa por la cabeza. Así, si alguien decía algo "sexual" el interlocutor podría humedecerse los labios involuntariamente, como una especie de "preparación" para el acto sexual... De igual modo, si alguien tenía un pensamiento sexual, era probable que lo hiciera también instintivamente. Pero en este caso… no, no, no podía ser. ¿Qué pensamiento va a tener esta señora?


Otra parada, tampoco bajó. Joder, deseaba que lo hiciera. Porque me estaba obsesionando con el temita. (¿Por qué se había humedecido los labios?) Estaba nervioso y mi mirada pasaba más veces que las azarosas por su cuerpo. No me lo podía ni creer. Involuntariamente echaba vistazos a sus pechos gigantes. Por primera vez noté la presión: mi calzoncillo apretaba ahora mi polla hinchada y dura.


La miré de nuevo, pero esta vez mantuve la mirada, esperando a la suya. Al final llegó, y la apartó nuevamente con rapidez, dirigiéndola hacia la ventana, que ahora estaba "libre". Noté su rojez de nuevo, mientras cambiaba la pierna que tenía cruzada sobre la otra. Este movimiento hizo que mi mirada descendiera rápidamente por instinto. Durante un instante pude ver unas bragas blancas, de las que sobresalía abultado vello por los lados. Sólo fue un momento, pero suficiente para que notara una palpitación en mi entrepierna.


Ella estaba nerviosa también, eso está claro, (¿pero por qué?) Durante todo este tiempo jamás se me ocurrió pensar que quizás yo le podía gustar a esta señora. Como ella no contaba nada para mí, no pensé que lo recíproco sí pudiera ser. (¿Pero por qué no?) Al fin y al cabo yo era guapo, o eso decían las mujeres con las que había estado. Vestía bien y me cuidaba. Se puede decir que estoy dentro de la categoría de "Metrosexual".


Otra parada más, y seguía sin bajarse la señora. Curiosamente nadie subía a nuestro vagón. Ahora notábamos que la tensión sexual era inaguantable. Yo la mía la llevaba con una mezcla de incredulidad y vergüenza, por empalmarme con semejante musa. Pero supuse que ella también estaría avergonzada, yo tendría al menos 20 años menos que ella.


El Metro continuó su camino. Yo seguí con mi obsesión (¡pero estaba como un perro!). Si fuera una mujer de mi edad, sin duda le habría dicho algo ya, pero no sabía como abordar esta situación, tan extraña para mí… Ahora encima no me podía refugiar en la ventana, (¡La tenía ella!). Además, si la miraba demasiado me descubriría por el reflejo.


No pude aguantarme y le eché otro vistazo a sus pechos (¡Qué tetazas!). Ahora sí que me humedecí yo los labios con ganas. Observé que suspiraba profundo, sabedora de mi repaso visual supongo. Empezó a abanicarse con una mano mientras con la otra se bajaba un poco el cuello de la camiseta, ya de por sí suelto.


Otra parada, increíble, nadie sube, nadie baja. Yo no podía más, tenía que hacer algo o irme (¡quería pajearme!). Otro movimiento de pierna por su parte. Rápidamente dirigí mi mirada a su cueva. Vi los pelos, sobresaliendo de las bragas, y algo más (¿Eran eso jugos vaginales?). Bufff, yo no podía más (literalmente NO PODÍA MÁS).


Otra parada del Metro, miré nervioso a la puerta. (Que no entre nadie, que no entre nadie). Pitido, se cierra la puerta, rápidamente me levanto. Ella se sorprende y mira hacia arriba, a mi cara. De pie, le agarro de la camiseta. Ella no se mueve. Tiro hacia arriba, y ella eleva sus brazos ayudándome. Veo parte de sus tetas, casi flotando debajo de un gran sujetador que parece pequeño en su piel (Dios, qué tetazas, ¡qué tetazas!). Me mira, con la boca semiabierta, excitada.


La dejo así, mientras me suelto el botón del pantalón. Ella se incorpora hacia delante ligeramente, echa las manos a su espalda. Me bajo los calzoncillos, y me quedo sólo con mi polo y mis deportivas. Escucho el clic de su sujetador. Se desprende de él, y se oye el ruido de sus melones chocando contra su cuerpo. Sus enormes pezones negros están duros, parecen percebes de lo largos que son, y ocupan gran parte del perímetro de la mama (UUUUUFFF, ¡como estoy de cerdo!).


Me pongo de rodillas en su asiento. Ella se echa sobre el respaldo. Dirijo mi polla hacia su pecho, y le agarro de las tetas para abrazar con ellas mi miembro. Las noto pesadas. Ella me ayuda, las sujeta. Le paso a ella la "carga". Empiezo a moverme hacia arriba y hacia abajo (¡la tengo como una roca!!!). Jadeo, ella también. Noto la humedad de su sudor y el de mi polla, y la estrechez de sus tetas recubriéndomela totalmente. Gozo como un cabrón.


Me agarro de su cabeza mientras sigo moviéndome hacia arriba y hacia abajo, sus tetas me hacen llegar al cielo (¡AAAAh, qué gusto!!). Ella acompaña mis "folladas" pajeándome con sus tetas. Muy, muy despacio. Las noto suaves y un escalofrío me recorre de pies a cabeza. (Si las sigue moviendo así me correré en seguida). Seguimos jadeando.


El Metro para. Nosotros también dejamos nuestra gimnasia. Miramos a la puerta. Sus tetas se vienen hacia abajo liberando mi polla, que tiene una palpitación (¡Casi me corro!). (No, no, que no entre nadie por favor, que no entre nadie ahora). Pitido. La puerta se cierra y el Metro se pone nuevamente en marcha. Un pasajero recién descendido de otro vagón dirige una fugaz mirada hacia el interior. Mientras avanzamos veo como se gira extrañado de lo que cree haber visto.


Ella me coge las manos y me "pasa" sus tetas. Son pesadas y blandas. Me envuelvo la polla con ellas y sigo "follándomelas" masajeándome con ellas a la vez. Vuelvo a jadear (ya estoy otra vez, ya me viene, ya me viene). Ella ya no jadea, ahora gime, grita suavemente. Veo que sus dos manos se están moviendo debajo de su falda (Aaaahh!!, eso me pone a mil).


Las venas de mi polla se agrandan, noto un placer intenso mientras acelero mis movimientos en el Gran Canal. Aplasto lo que puedo las tetas haciendo el agujero más y más estrecho (Me matan estas tetas). Miro su cara, sigue siendo fea, pero eso ya no me importa (Aaaaah, gimo). Decido que voy a empaparle la cara con mi lefa.


Sus gemidos se tornan en gritos, cada vez más seguidos, indicándome que su orgasmo está cerca (El mío también). Aprieto más las tetas y doy los últimos movimientos previos a mi corrida. Oigo su último grito indicando que ella ya ha llegado a la suya. No puedo más.


Suelto sus tetas, que chocan violentamente contra su cuerpo, y me incorporo un poco más sobre mis rodillas. Me va a sobrevenir la eyaculación, pero la aguanto y cojo con la mano mi polla palpitante apretando fuerte para no correrme (¡AAAAh, no puedo máaaas!!!), hasta que esté en posición. Pongo mi verga a unos centímetros de su cara, mientras ella abre ligeramente la boca, y dirige la vista hacia arriba.


Con mi mano abro la llave, sólo unos ligeros masajes provocan el primer chorro. Intenso, salta por encima, rozándole ligeramente el pelo, y embadurnando el asiento a su espalda. El segundo, también abundante alcanza su objetivo: su boca. Lo veo entrar directamente, mientras ella, notando el sabor agrio aguanta la arcada. El siguiente chorro con menos fuerza, cae sobre una de sus tetonas. Acerco entonces la polla a su cara y dejo deslizar sobre su rostro el semen que sin fuerza, pero aún abundante, sigue saliendo del agujero de mi miembro.


Con una mano voy moviendo mi polla sobre toda su cara, enjugándola con cada paseo, mientras su dureza va mitigándose y el placer intenso se va convirtiendo en relajación absoluta.


Terminado todo, me separo de su cara. Mientras me retiro, antes de incorporarme, ella me coge del culo y empujando, acerca mi polla a su boca; saca su lengua limpiándome la punta de mi verga. Noto un estertor, pero me levanto por fin. Me quedo parado un instante mirando su cara, jadeante, respirando entrecortadamente. Mi leche blanca le llena parte de la cara.


El Metro para nuevamente. Estoy aún de pie sin pantalones ni calzoncillos. Ella echa un vistazo por la ventana, y se levanta con agilidad. Coge nerviosa su camiseta, su sujetador y su bolso, y sale disparada.


No nos decimos nada. Extasiado, me siento.


Nunca más volví a verla.